Ella baila sola

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Cuando corría no tenía que hablar con nadie ni que escuchar a nadie.
Bastaba con contemplar el paisaje que me rodeaba y mirar hacia mi interior. Eran momentos preciosos e insustituibles.
(Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr).

Acabo de descubrir que la palabra soltera, además de significar no casada, también significa suelta o libre y desde hace varios años yo ando suelta y libre disfrutando de lo mejor de estar soltera: el haber recuperado y redescubierto mi soledad.

Quizás a veces sólo hace falta mirar las mismas cosas con otros ojos para tener una nueva perspectiva de lo que ocurre dentro y fuera de nosotras. Digo esto porque si bien mi triste soledad –acompañada de literatura, música y cine- durante mi adolescencia fue sinónimo de refugio contra el mundo exterior; ahora mi alegre soledad –acompañada de literatura, música y cine- es sinónimo de hogar en el que exploro mi mundo interior.

La idea de escribir acerca de estar sola vino a mí de repente en las últimas semanas, y es que sucede que –mientras meditaba al amanecer, corría por el parque de mi casa, escribía poemas en el microbús, leía a Murakami echada en mi cama, disfrutaba de mis encuentros sexuales conmigo misma, caminaba por las calles vespertinas, bailaba como loca en el baño o paseaba en bicicleta bajo la lluvia nocturna- la soledad me asaltaba de pronto y fue entonces cuando comencé a preguntarme qué significaba para mí estar sola ahora y por qué, para sorpresa mía, lo disfrutaba tanto.

Creo que tiene que ver esencialmente con la época que estoy viviendo, una en la que he encontrado la calma que me ha permitido enfocarme nuevamente en mis tres autos favoritos: el autoconocimiento, la autoestima y la autonomía. Ahora el eje de mi vida es la creación artística y el desarrollo de mis proyectos y la prioridad de mis días es, como diría Murakami, “repartir ordenadamente el tiempo y las energías” para hacer realidad mis sueños y, por supuesto, para darle a mi cuerpo, mi mente y mi espíritu todo el cuidado y cariño que se merecen.

Tal vez ese sea el motivo por el cual las actividades que realizo acompañada de mí misma se multiplican a medida que me doy cuenta de cuánto disfruto estando sola. El silencio y la ausencia de otra persona alrededor me da el poder de conectarme con mis pensamientos, mis deseos y mis emociones sin testigo alguno: libre de otras miradas puedo desnudarme en cuerpo y alma ante mí misma. Y aunque parezca contradictorio, a medida que disfruto más de mi soledad, me gustan más los momentos que comparto con otras personas. Y es que me gusta bailar sola a mi propio ritmo, pero también me gusta danzar con otros y aprender nuevos pasos.

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